¡Martina entre mis brazos!

¡Martina entre mis brazos!

Subimos a la planta de maternidad, a nuestra habitación.

Nada más salir del ascensor allí estaban mis suegros, estuvieron toooooooda la noche esperando la llegada de su segunda nieta, la primera por parte de su hijo, no podían dormir… ¡Así que decidieron esperar allí mismo!

Yo recuerdo estar muy cansada, mucho. Pero no podía parar de mirarla.

Vieron a Martina y nos dieron la enhorabuena, y seguidamente se fueron a descansar. Nosotros también, después de tantas horas… Nos dormimos un rato.

La enfermera vino en una horita, a ver como íbamos Martina y yo con el pecho. Me corrigió la postura y me dio un par de consejos.

 Llegaron mis padres, bien guapos. Mi madre vio a Martina y sonrió, la acarició y luego vino directamente a mi y muy preocupada me preguntó… ¿Y tú? ¿Tú cómo estás? A la niña ya la veo que está bien.

Dejé que mi madre me cuidara y se preocupara por mi, me ayudó a ducharme y a cambiarme. Entre los puntos, la cuarentena, una barriga grande y flácida, ya sin bebé dentro… Parecía que estaba embarazada aun… Que sensación… Unos pechos inmensos… Unos pelos de loca… Y un olor corporal… después de haber estado más de 24 horas para traer al mundo a mi hija, a mi bebé, a ese trocito de mi y de su padre…  ¡A la que hoy es la alegría de la casa!

Intenté descansar un rato y Pere también. Ese día, 11 septiembre es la Diada de Catalunya y es festivo, así que esa tarde iba a ser completita… Y efectivamente, a media tarde… ¡Empezó a  llenarse la habitación que daba gusto!

Amigos, tíos, primos… ¡Todos allí!

Yo estaba eufórica, hablando con todos, arriba y abajo… ¿Y martina?

 

 

  

Martina durmió tooooooooooooooda la tarde, no abrió ojo. Pueden dar fe todos los que vinieron ese día. Nada de nada. La teníamos en la cunita, a modo de expositor. Iban pasando todos a verla…

Aun recuerdo a mi madrina Yosa, que me riñó… “Deberías estar en la cama, descansando. Acabas de tener un bebé.” Y en realidad, ahora que lo pienso… Sí, así debería haberlo hecho.

Debería haber estado en cama, con mi hija, haciendo piel con piel y dándole el pecho. Tenía toda la razón.

Pero el pudor (que aun me quedaba un poco, después de 10 meses enseñándolo todo a ginecólogos, comadronas…) me la jugó, me daba cosa estirarme en la cama y ponerme a la niña… y sacar el pecho… Lo pensé y no lo hice. Y me arrepiento, muchísimo.

En realidad lo que debería haber hecho ese día es no dejar que vinieran visitas y estar con mi hija. Todo el día. Ella y yo. Yo y ella. Pero… Es lo que siempre se ha hecho, ¿no? ¡De hecho yo estaba en mi salsa! Pero visto desde fuera, con perspectiva y con el tiempo… Debería haber sido distinto, más intimo y más tranquilo. Seguir mi instinto. Y ofrecerle el pecho una y otra vez… Y no fue así. Con tanta visita me corté.

¿Cómo puede ser que estés 10 meses esperando a tu pequeño y luego te de corte hacer de mamá?

¿Cómo puede ser que después de dar a luz, después de estar 24 horas, se llene la habitación de ésta manera?

¿Realmente es cómo tendría que ser? ¿Visitas a cualquier hora y casi eternas?

Ahora mismo, tengo tantas preguntas pululando por mi mente…

No es que en ese momento no las tuviera, ni que no lo hubiera pensado. Pero cuando nace un bebé, todo empieza a suceder en cadena… No tienes ni un minuto para pensar. Lo que te dicen va a misa y más si eres primeriza. No tienes ni idea de nada y te fías de todos. Sin tener tiempo a pensar, casi ni a respirar, entran enfermeras, padres, madres, tíos, primos, amigos, vecinos, enfermeras otra vez… Van y vienen… (y así las siguientes semanas, sino meses…)

¿Y tú?

¿Nadie se ha parado a pensar que estás recién parida?

No se quién se inventó o quien puso de moda el ir a visitar al bebé y a los papás en el mismo hospital, pero de verdad que no es lo mejor. Yo lo recuerdo como una olla a presión. Historias, regalos, abrazos a mansalva… (bonito era, pero yo debería haber estado con mi bebé).

¿Y Yo y mi marido?

Después de más de 24h de parto… Habiendo descansado (no dormido) 2h al llegar a la habitación…

Entonces, ¿Era realmente eso lo que yo deseaba? Es más… ¿Era realmente lo que yo necesitaba?

La respuesta es NO para ambas preguntas.

Pareceré tajante y antipática, y me da igual, porque tener un bebé no es un camino de rosas, no te voy a mentir. Es así, una mujer recién parida no está para estos trotes, no es eso lo que busca ni lo que necesita.  Lo que realmente quiere y anhela es estar con su bebé, en la intimidad, con su pareja. Estar tranquilamente iniciándose en la lactancia (si así lo desea), oler a su bebé, mirarlo, acariciarlo, tenerlo en brazos, en el pecho… E intentar conocer a ese pequeñín que has traído a este mundo. Nada más. Lo que desea es estar como en casa o mejor dicho: En casa.

Se hicieron las 8 de la noche cuando los últimos se iban…

Por fin llegaron mis cuñados, con Lucía (mi súper sobrina, que tiene un año y dos meses más que Martina). Madre mía… Vi aparecer a mi pequeña morena por la puerta y me quedé de piedra. De golpe y porrazo la veía enorme, la veía mayor. Ese bebito que había tenido en brazos todos esos meses, practicando como tía y mamá, y que apenas hacía dos días que andaba sola… ¡¡¡Era casi una señorita al lado de mi retoñito!!!  Esto me sorprendió muchísimo… Me partió el alma. Para mi era la pequeña de la casa, la niñita de mis ojos y que mayor la hice en un día, en 24h. No volvería a verla nunca más tan pequeña…

Eso sí, mis cuñados llegaron con un bocata de jamón ibérico del Viena. Después de tantos meses…

¡Se lo curraron un montón!

Eso me sentó a gloria, a… ¡¡¡GLORIAAAAA!!!

Y nada… después de cenar…

Ya que Martina seguía durmiendo… Nos pusimos los pijamas, preparamos el plegatín para mi chico y cerramos las luces. Estábamos rendidos. No podíamos más. Por fin a dormir con tranquilidad, a descansar, a pensar en todo lo sucedido, en todos los acontecimientos. Ya éramos papás. Qué FUERTE.

***

Y dormimos hasta el día siguiente…

***

¡¡¡Mentiraaaaaaaaaa!!!

Martina empezó a llorar como una condenada en cuanto cerramos las luces… Madre mía… ¿Dónde estaba mi ángel? Toda la tarde durmiendo, tranquila, como una muñequita… ¿Y ahora? ¿Qué me había perdido?

Bien, ese fue nuestro gran inicio cómo padres. Esa noche no dormí, entre que ella hacía ruiditos y lloraba de vez en cuando, estando a mi lado, aun durmiendo conmigo. La enfermera entraba cada 3h para cambiármela de pecho. Fue una noche muy larga. Mucho.

Al día siguiente estaba rendida no, lo siguiente. Y mi chico igual.

¿Iba a ser ese día igual que el anterior?

Efectivamente señores y señoras.

Mil visitas más.

Entre ellas las enfermeras, lidiando con mis tetas y la boca de Martina. Algo no encajaba. Una decía que si la posición no era buena, otra que mis pezones eran planos, otra que probara con pezoneras, otra que sin pezoneras y estirada, otra que si sentada, que si la posición de rugby era la mejor… ¡Qué agobio, por Dios!

Con todo esto, no había tenido aun la subida de la leche… Y tenía que cambiarme la compresa (si se puede llamar así a un pedazo de algodón extragrueso…) cada hora… porque eso era una fuente. ¿Hasta cuando iba a durar eso? Con los cuatro puntos. Solamente cuatro… pero que escozor… eso dolía. DOLÍAAAAA.

Pero por suerte al día siguiente, jueves 13… ¡Nos íbamos a casa!

El día fue como el anterior y la noche más de lo mismo. Intensa.

Al día siguiente vino a verme Sandra.

Sandra es una mami-amiga que nos conocimos por unos amigos y nuestras niñas se llevan un mes y medio, ¡y casualmente vivimos en la misma calle! Pasamos nuestros embarazos juntas y compartíamos dudas, información…

Sandra sabía todo sobre mi y mi embarazo, igual que yo de ella. Esa mañana le expliqué lo mal que llevaba la lactancia, que tenía problemas, que Martina no se agarraba bien, que con las pezoneras un poco mejor pero que eso era un CAOS. Y que cada enfermera te daba su opinión y solución. Pero nada funcionaba.

Me sentí arropada por ella, ella era una de esas visitas deseadas. Un apoyo emocional, una fuente de ánimos, mimos, risas, una confidente. Una confidente a quien explicar como realmente me sentía.

En realidad, estaba preocupada. Muy preocupada.

Recuerdo tener todas las maletitas hechas para irnos a casa y Martina durmiendo en la cunita. Y mirármela llorando. Me sentía enfadada, decepcionada, temblorosa… Cinco minutos antes había entrado la enfermera para darme los informes de Martina y había algo que no iba bien. Nada bien.

Y yo seguía mirando a mi muñequita, tan bonita y perfecta. Y llorando.

Esperando a mi marido a que viniera a buscarnos…

¿Cómo podía ser que algo fuera mal?

Estaba muy asustada.

Al menos ese día llegaba mi gran compañera, confidente y amiga.

Mi hermana.

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{ Nos vemos en el siguiente POST }

Paula

¿Cómo fueron vuestros primeros días de hospital?

¿Igual de duros?

¿Cómo llevasteis la lactancia?

 { ¿Te has perdido el POST anterior? }



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