Un primer parto-postparto muy negros y un segundo parto muy reparador, y sanador

Un primer parto-postparto muy negros y un segundo parto muy reparador, y sanador

Sigo a Paula desde hace un tiempo por las redes sociales. Hace unos días nos lanzaba una tremenda pregunta para las que quisieran responder. Era algo así como “vivencias de la parte oscura/triste de la maternidad”.

Leí muchas respuestas de otras mamás. Muy acertadas todas ellas, por cierto. Pero no le comenté nada al respecto a Paula. No me gusta hablar directamente de mi primer post parto. Así. Literalmente.

Creo que, si no el mismo día, al siguiente, planteaba otra de tantas de las duras cuestiones de la maternidad. Si alguna de nosotros teníamos o queríamos compartir alguna mala experiencia vivida durante el parto.

Decidí abrir una conversación en privado. No por no compartirlo, sino porque ¡no me cabía tanta vivencia y tanta emoción en un cajetín de respuesta!

Su segunda pregunta, la relativa a la/s mala/s experiencia/s durante el parto, creo que fue clave también para cómo se desarrolló mi primer post parto.

Cuando llegó M yo tenía 28 años. Era un bebé muy deseado, aunque fue un embarazo muy “raro”. Después de leer y escuchar experiencias de otras mamás y otros embarazos, me sentí un tanto bicho raro ya que tardé un montón en vincularme con ese bebé que venía en camino. Pero queríamos mucho tener un hijx y M no tardó en querer llegar a nuestras vidas.

Durante el embarazo, oyes de todo en relación a los partos de las demás mamás. Todas las experiencias habidas y por haber. Las que has preguntado y las que te regalan sin haber pedido nada. Y además con todo lujo de detalles. Como si te quisieran disuadir de parir al que llevas dentro.

De todas formas, mi pareja y yo tampoco pensábamos (demasiado) en cómo se podía torcer algo, y nos preparamos para, incluso, un posible parto natural. Hicimos varios talleres de control del dolor, de esferodinamia, de masajes, técnicas de visualización para el trabajo de parto… Tanto es así que tenía a mi ginecólogo preocupado por tanta “naturalidad”. Tuve que dejarle claro que, evidentemente, si se tenía que ir quirófano, lo primero era la salud de M, pero eso no quitaba que yo quería sentirme bien conmigo misma y prepárame para algo totalmente desconocido para mí. Para nosotros.

Era un día cualquiera, a las 13h. Estaba hablando con una amiga por teléfono. Habían pasado 4 días de la fecha prevista de parto y me sentía como una ballena con patas. Agobiada y con un calor de septiembre caluroso, que te mueres.

Y de pronto “pop”. Rompo aguas. Así, sin avisar. Y lo digo tal cual “sin avisar” porque no tuve una sola contracción distinta a las de las últimas 3 semanas, que me hiciera sospechar que aquel iba a ser El Día. Lo único diferente es que M me dio una patada ninja y sospecho que eso fue lo que rompió la bolsa.

Después de reirme como una tonta con mi amiga al teléfono, decidí colgar y arreglar todo el estropicio del salón y como aquello seguía más parado que un tren averiado, me senté en la pelota de pilates a “pelotear” como me habían enseñado y llevaba haciendo varias semanas, para facilitar que M se encajara, a ver si así iniciábamos algo de dinámica uterina.

Entre tanto llegó mi marido y viendo esa calma chicha que reinaba en casa, decidimos quedarnos un poco más.

Era media tarde y aquello seguía igual que como empezó, así que decidimos ir hacia el hospital, al menos para que me vieran, vieran como andaba M y me aconsejaran. Cuando llegamos al hospital llevábamos 6horas en aquel momento de bolsa rota. Pregunté por cómo estaban los protocolos en ese momento y me dijeron que hasta las 12 horas de bolsa rota podíamos esperar sin hacer nada de nada, aunque ya me auguraron tras ponerme los monitores, una inducción por falta de contracciones.

Igualmente decidí acogerme a lo que rezaba el protocolo y me hinché a hacer salas de espera arriba y abajo. Me llevé mi pelota de esfero y seguí con mis ejercicios dentro de la sala de dilatación, pero las horas pasaban, los nervios iban un poco en aumento y aquello continuaba igual.

A las 12 de la noche, tras 11horas de bolsa rota y sin atisbo de cambio, una de las matronas me sugiere amablemente que deberíamos de iniciar la inducción. Sin haber habido contracciones, el tacto vaginal tampoco ha cambiado desde mi llegada y estamos  a 1cm de dilatación, con un cuello aun formado y largo. Es decir, todo por hacer.

Estamos tranquilos. Nerviosos porque M va a llegar en las próximas horas. Pero bien emocionalmente. No es el inicio que habíamos esperado, pero hasta ahora todo han sido buenas palabras, gente amable y la información que hemos pedido. Por tanto, nada que objetar.

Iniciamos la inducción. Como partimos de un cuello tan inmaduro aún, me proponen poner prostaglandinas directamente por vagina hasta el cuello del cérvix. Eso favorecería la maduración y por tanto ablandamiento y acortamiento del cuello cervical. Perfecto; adelante.

La primera dosis de prostaglandinas tópica me la ponen sobre la 1 de la madrugada y antes de las 2horas de tenerla colocada, el cuello ha hecho todo el trabajo que tenía pendiente y además empiezan unas contracciones rítmicas muy distintas a todo lo de los últimos días.

¡Qué guay! –pienso-  de 16horas de aplicación de prostaglandinas que podían haber sido, a solamente 2horas y con contracciones. Empieza la fiesta.

Yo sigo la mar de contenta con mis contracciones, y al cabo de un rato viene la matrona y me dice que me van a poner una ayudita. Resulta ser una bomba de oxitocina. Parece ser que si entras dentro del protocolo de inducción te la llevas de regalo. Y con lacito.

-Pero si tengo contracciones –le digo

-Sí, pero aún son flojitas y así irán un poco más rápido

Tampoco me dan más información en ese momento. Me lo venden como una piruleta a un tonto y, lo peor de todo, compro sin rechistar.

Y madre mía si fueron rápidas. En nada tenía unas contracciones que yo considero monstruosas. Recuerdo que miraba a mi pareja con la sensación de que aquello no podía ser real. Cada contracción me generaba unos retortijones tremendos y a cada tanto, tenía que ir al baño a hacer de vientre. Pero el dolor era tal que se me doblaban las piernas y mi marido me tenía que llevar casi a pulso.

Así estuve varias horas. Con un dolor que nunca olvidaré. Con contracciones tan fuertes y seguidas que no me dejaban espacio de tiempo material, a veces, siquiera para respirar.

El personal venía de vez en cuando a vernos, y me hacían tactos vaginales, pero era tal el dolor y el miedo que me invadió que mi cuerpo se bloqueo y la dilatación se paró. Cuando después de todo lo que ya llevábamos la matrona me dijo que seguía a 3cm me desmoroné. Sentí que todo lo que había trabajado ese verano embarazada, las visualizaciones, el control del dolor…. Se nos iba al traste. Faltaba más de la mitad y estaba exhausta. Así que supliqué la epidural.

Una vez puesta, evidentemente respiré mucho más aliviada. ¡qué descanso! Incluso creo que me dormí un rato y pude descansar. Y al relajarme, dilaté. En 1hora más o menos me puse a unos 8cm y el resto, en la siguiente media hora. Así que me pasaron a la sala de partos.

Me pidieron que pujara para ver qué tal se me daba. Menudo fiasco. Me pedían que lo hiciera cuando notara la contracción. ¿Perdona? Me pusieron una peridural en bolo para dormir a un mamut y no tenía ni idea en ese momento de lo era una contracción. No sentía nada de nada. Así que nuestro intento de expulsivo duró la friolera de 2horas.

En ese tiempo, en esa sala de partos, dio tiempo a todo. Os lo aseguro.

No quiero extenderme demasiado más. M tardaba demasiado en salir porque se quedó atascado en mi pelvis menor. Según me decían eran las espinas ilíacas que no le dejaban avanzar. Luego resulta que rotando las piernas abres esa zona… yo en ese momento no me acordé, pero nadie tuvo el detalle de recordármelo a mí. Así que se hizo una intentona de Kristeller que pude frenar diciendo un “no me vuelvas a hacer eso nunca más”. Siguió todo con una dilatación manual de la zona ósea que “daba problemas”.

Mi madre y mi marido estaban presentes en el parto y ella alucinó. Yo, anestesiada, no sentía nada de nada, pero resulta que la matrona a la que no dejé realizar el Kristeller, intentaba con ambas manos, abrir el canal del parto tirando hacia abajo con fuerza, hacia la zona anal.

Al cabo de 2horas de maniobras y pujos, algo pasa. Se ponen serios y más movimiento en paritorio. Nos dicen que efectivamente M ya no puede más. 

-M está cansado y desacelera su corazón con cada contracción. Este bebé tiene que salir y tiene que hacerlo ya.

Así que realizan una episiotomía del tamaño de la Av Diagonal de Barcelona y aplican una ventosa.

M sale. Claro que sale. Sale un bebé precioso y soy la madre más feliz y más exhausta del mundo mundial. Lo tengo en brazos y esto es lo que me importa. Y me lo pongo en la teta y se coge. Qué más podemos pedir.

Pero entonces es cuando, volviendo al principio de todo este relato, dónde Paula nos pregunta si tenemos alguna experiencia oscura o triste de la maternidad.

Los días y las semanas siguientes al parto de M fueron muy duros. Mucho. No se lo deseo a nadie. Entre otras cosas, la dilatación manual a la que me sometieron, me subluxó el cóccix. La primera semana, primeros 10 días estuve con incontinencia fecal.

La falta de experiencia con el primer bebé que tenemos todas, el drama y la duda de la lactancia materna, las tetas a punto de explotar, la fiebre de la subida, etc. Todo eso añadido al dolor en la zona perineal, los huesos del canal del parto, cagarte encima (señoras, no es broma) el desgaste físico de ese parto, desgaste emocional, el dolor del alma…

Se me comieron por dentro.

Fueron las semanas más oscuras que recuerdo de toda mi vida.

El dudar de mi misma. Porque la mente es muy traidora. Si no había podido ni siquiera dar a luz por mí misma, ¿cómo iba a poder ser madre?. Dudar de si hacía cualquier cosa bien. De si realmente quería a mi propio bebé. De si realmente había sido todo una buena idea.

Recuerdo llorar. Llorar todas las tardes. Con una sensación de desamparo brutal. Recuerdo las llamadas a las 18h de la tarde a mi marido que estaba trabajando, suplicándole que regresara a casa.

Vi la luz tras varias semanas de infierno. Pocas, antes de reincorporarme al trabajo.  Con lo que la culpa volvió a hacer acto de presencia, claro. Ahora que me encontraba bien, ahora que podía empezar a entregarme de verdad, ahora debía de volver a trabajar.

Intenté empaquetar todo eso y lo conseguí. Pero durante un tiempo. Hasta que hablamos de tener un segundo bebé. Tardamos más de lo que puede que hubiéramos tardado en otras circunstancias. Nunca lo sabremos. Lo que sí que sé es que tenía un miedo tremebundo a que me volviera a pasar lo mismo. A sentir otra vez ese dolor, esa oscuridad y sentirme presa de esa espiral otra vez.

Pero al final llegó B. En un parto de lo más sanador que os podáis imaginar. Tardó. 41semanas + 1día. Los miedos volvían a estar allí… “¿y si soy yo la que no se sabe poner de parto y por eso los tienen que inducir?”

Pero B se quería hacer esperar. Nada más. Llegué al hospital a las 15h y ella me abrazaba a las 18:15h. Un parto de lo más salvaje y de lo más precioso. No dio tiempo a apenas nada. Era un día de huelga general y con el personal bajo mínimos, lo hicimos casi todo solas. Y fue precioso.

Solamente por eso, y evidentemente por muchas cosas más, le estaré eternamente agradecida. Porque me supo devolver mi lugar como mujer. El que siento que me robaron la primera vez.

Vivimos en una sociedad y a merced de situaciones que hacen necesario que tengamos que tenerlo todo extremadamente estudiado y cuidado. El parto es una situación de extremada vulnerabilidad.

Toda mujer puede sentirse bloqueada. Deciros que fueron mis propios compañeros de profesión los que perpetraron todo lo ocurrido en el parto de M. Así que no sirve ni quién eres, ni qué eres, ni los propios conocimientos inherentes a tu profesión. Da igual lo que sepas ese día y en ese momento. Si flaqueas estás vendida. Es por ello que en el segundo embarazo hice mucho más partícipe a mi pareja de todo. De lo que quería, pero sobretodo de lo que no quería. Para que si aquel día volvía a flaquear y a dudar de mí misma, me recordara la mujer que era.

Gracias Paula por dejarme este espacio y compartir esto.

Jamás lo había hecho así; a este nivel de profundidad, y no sabes lo bien que me ha ido llorarlo mientras lo escribía.

— 

Mil gracias a ti, a vosotras, por estar y querer compartir. 

No hay nada mejor que vaciarse para poder coger aire de nuevo y seguir disfrutando de la vida.

NUESTRO CUERPO ES NUESTRO TEMPLO

paula



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